Dos inversionistas que descubrieron en Que Se Acabe Todo no solo una oportunidad financiera, sino una forma de participar activamente en la cultura, impulsar conversaciones necesarias y ser parte del corazón creativo de una película.
Curiosidad, confianza y el deseo de contar una historia atraviesan las apuestas en Que Se Acabe Todo. Nicolás Osnovikoff y Mito Molina, dos inversionistas que entienden la cultura como un espacio para pensar el país, encarnan dos trayectorias distintas que se encuentran en un mismo punto: la convicción de que vale la pena estar aquí.
Nicolás Osnovikoff proviene del mundo digital, un territorio donde crear, probar y construir desde cero es parte del oficio. Pero su impulso para invertir en este proyecto va mucho más allá de la ingeniería del negocio. “El cine no es solo entretención: es emoción, memoria, conversación. ¿Cómo no querer formar parte de eso?”, dice.
Amante del cine, su decisión va más allá de la rentabilidad. “No quiero llegar al final de mi vida pensando que solo invertí en cosas que no significan nada”, afirma. Para él, invertir en esta película es una manera de entrar en ese tejido invisible donde las historias acompañan, conmueven y abren preguntas. “Si una película logra encender una luz en alguien, vale la pena haber estado ahí”, agrega, transformando la inversión en un acto íntimo y profundamente humano.
Por otro lado, Mito Molina llegó al proyecto por un camino más silencioso, anclado en una confianza construida a lo largo de muchos años con Pancho Hervé, socio y cofundador de JUNTOS. “Me hizo sentido quiénes estaban detrás y cómo estaban pensando el proyecto. Lo que me convenció no fue el glamour, sino la coherencia del proyecto”.
Para Mito, lo atractivo no fue solo la película, sino la manera en que Juntos articula propósito y profesionalismo. “Sentí que era una productora que busca impacto, que no trabaja solo desde lo comercial”, explica.
Y, por supuesto, el tema lo atrajo desde el inicio: inspirado en un caso real, vigente, que toca fibras sociales profundas. “Es una historia contemporánea, que dice algo de nosotros como país y de cómo confiamos o dejamos de confiar”, enfatiza.
A la hora de sumarse a Qué Se Acabe Todo, ambos coinciden en un punto clave: invertir en cine es más que una apuesta económica. La inversión en cultura no aparece aquí como un gesto heroico, sino como una manera de participar del relato cultural de un país. Más que financiar una película, es hacer posible una conversación, un espejo, una emoción que alguien, en alguna sala, reconocerá como propia.
Y en este gesto tan íntimo como colectivo, dónde sentido y creación se encuentran, pocas apuestas resultan tan memorables como una película.