La ópera prima del guionista y director mexicano Paulo Riqué, producida en alianza por Animal de Luz (México) y JUNTOS (Chile), aterriza en Santiago para preparar la última etapa de este rodaje.
El viaje de 7 veces 7 comenzó formalmente en 2004, cuando un joven Paulo Riqué garabateaba las primeras líneas de su guión en las aulas del Centro de Capacitación Cinematográfica (CCC) de México. Pero al tratarse de un rompecabezas complejo, con exteriores demandantes, manejo de animales y la figura central de un muerto resucitado, el proyecto fue económicamente inviable durante casi dos décadas.
Tuvo que llegar el encierro pandémico de 2020 para que Riqué se dijera: es ahora o nunca. El chispazo inicial ocurrió gracias a la reputada productora mexicana Inna Payán (Animal de Luz), quien conectó emocionalmente con una historia que, lejos de buscar el negocio comercial inmediato, araña fibras humanas universales. Tras reajustar la brújula del financiamiento internacional, la productora chilena JUNTOS entró en el tablero, consolidando la coproducción tras adjudicarse fondos locales en Chile.
Hoy, tras concluir un extenuante bloque de rodaje bajo el calor seco de Durango y el ruido de la Ciudad de México, el equipo ha desembarcado en Santiago con un desafío mayúsculo: filmar en la cordillera del Valle del Elqui y lograr una continuidad invisible entre ambos hemisferios.
El terror del odio y los fantasmas internos
Aqui el terror no es el clásico gore, ni es un susto fácil por sorpresa. Riqué aclara que su corazón vibra más con la poética mística de Andrei Tarkovski, Wim Wenders u Theo Angelopoulos. Para el director, el terror elevado de la cinta está más bien moldeada por su infancia, el catolicismo, el sincretismo y la propia historia de su país.
La trama es una alegoría sobre las heridas abiertas y la deshumanización contemporánea. Sigue los pasos de Conejo (José Salof), un hombre mestizo cuya sed de venganza lo empuja a desenterrar y resucitar a su padre, Abraham Cruz (Arturo Reyes). Para mantenerlo con vida, Conejo debe alimentarlo continuamente a través de heridas abiertas en su propio brazo. En medio de este desierto febril irrumpe Ramona (Paulina Treviño), el contrapeso moral de la historia y encarnación de la piedad frente a un protagonista destruido por su propio odio.
“Vivimos una época de una violencia terrible, de un odio, de una deshumanización y para mí es importante llevarlo hacia el otro lado… proponer que el camino debe de ser más amoroso”, explica Paulo Riqué.
El ojo poético y la intuición en set
Fiel a su instinto, Riqué esquivó los repartos configurados por algoritmos o seguidores de Instagram y reclutó a un elenco de pura cepa teatral. La complicidad con sus actores ha sido tan simbiótica que la propia Paulina Treviño terminó convirtiéndose en cocreadora del film: una escena crucial del guion nació literalmente de un sueño real que la actriz tuvo sobre su personaje y que le envió al director por un mensaje de voz.
Esa misma pulsión intuitiva guió la elección del director de fotografía chileno, Diego Pequeño. Dejando de lado a nombres de mayor trayectoria en la industria, Riqué quedó prendado del ojo poético de Pequeño tras ver su trabajo en el largo documental Cobija. En los scoutings por México, la música y las imágenes se transformaron en un código común con el que se entendían casi sin hablar.
Un rompecabezas logístico
Si la primera parte en México resolvió los conflictos más sociales y dialogados de la trama, las jornadas en Chile funcionarán como el viaje espiritual e introspectivo de la obra.
“Estaremos filmando en la cordillera del Valle del Elqui. Hay que hacer un campamento base porque no hay ningún lugar; hay que llevar todo”, advierte Felipe Egaña, productor y socio de JUNTOS.
El equipo técnico chileno liderará un despliegue de alta envergadura fuera de la Región Metropolitana, reactivando lógicas complejas ya probadas en Oro Amargo, rodada en pleno desierto de Atacama; que incluye efectos mecánicos, lluvia artificial, disparos, manejo de animales y la construcción de una caja subterránea para proteger a los actores.
El verdadero rompecabezas, sin embargo, está en la continuidad. Al haber filmado el primer bloque en México, JUNTOS ha tenido que importar vestuario y utilería, incluyendo prótesis de maquillaje idénticas, a la par de desarrollar una réplica exacta de una camioneta pick-up con todas sus particularidades, la cual lleva un mes en un taller chileno siendo intervenida para partir al rodaje.
Para Paulo Riqué, pasar del ruido ensordecedor de la Ciudad de México a la “espiritualidad abrumadora” de la cordillera chilena es la consumación de un sueño de más de veinte años. En la misma tierra que dotó de poesía a Gabriela Mistral, la cinematografía de JUNTOS y Animal de Luz se dispone a capturar una de las apuestas de género más arriesgadas, bellas y poéticas del cine latinoamericano contemporáneo.