Esta película me parece, honestamente, una de las mejores de los últimos años. Es difícil resumir en pocas palabras por qué me encanta, pero creo que es una obra donde todos los elementos están pensados al detalle; conversan entre ellos de una manera impecable. La historia nos lleva a la Francia del siglo XVIII, donde una pintora, atrapada en las severas restricciones de su época, recibe el encargo de retratar a una aristócrata con motivo de su compromiso. La trampa es que la mujer se niega a casarse, por lo que el cuadro debe pintarse a escondidas, forzando a la artista a observar secreta y constantemente a la joven.

A partir de ahí, la película se vuelve un bellísimo e intenso trabajo de miradas, gestos y uso del color. La fotografía tiene un nivel y un manejo de la iluminación tan cuidado que cada escena parece realmente un cuadro, priorizando la comunicación entre los ojos de las mujeres por sobre sus diálogos. Además, la música utiliza el Verano de Vivaldi de una forma magistral, conectando una escena inicial con otra hacia el final. Es una historia de amor imposible que te destroza por completo, construida sin dejar nada al azar y con actuaciones increíbles, vestuarios impecables y diálogos breves pero sumamente certeros.

Detrás de su potente trama amorosa, valoro mucho cómo aborda de manera sutil el feminismo, hablando abiertamente del aborto y de los roles de las mujeres en la sociedad, el trabajo y el matrimonio. Hay un quiebre de clases precioso en la convivencia de la casa, donde la artista, la aristócrata y la chica que trabaja sirviendo terminan borrando las jerarquías sociales al ayudarse entre sí. En esta película, Céline Sciamma despliega un abanico de temas de forma tan inteligente y cuidada, con imágenes hermosas y sumamente comunicativas, que la considero un imprescindible del cine contemporáneo .